martes, 12 de mayo de 2009

Capítulo 23

Caminamos de la mano a lo largo de los diferentes pasillos hasta que llegamos al ascensor. Continuamos esperando a que este bajase a la planta en la que nos encontrábamos en silencio. Una vez que el ascensor llegó, Robert me miró esperando a que entrara.

Las puertas se cerraron y antes de que pudiese asimilar lo que estaba pasando, Robert se había soltado de mí y había comenzado a saltar.

-¿Se puede saber que estás haciendo?

-Estaba esperando a que empezaras a gritar por miedo a quedarte encerrada... si no lo haces no tiene gracia- dejó de saltar y se apoyó contra la pared del ascensor que se encontraba enfrente mía.

Sin meditarlo demasiado, pulsé el botón que inmovilizaba el elevador y lo detuve.

-¿Creías que era tan fácil asustarme?- lo miré seductoramente, lo agarré de la corbata y tiré suavemente de él hacia mí hasta que estuvo totalmente pegado a mi cuerpo.


Sin mediar palabra, Robert comenzó a besarme apasionadamente. Nuestros labios, se fundieron en uno, buscando en la boca ajena el aire necesario para respirar. En un movimiento rápido, di un pequeño salto y entrelacé mis piernas en torno a su cuerpo mientras él me agarraba fuertemente para que la posición resultase cómoda.
Desplacé mi mano derecha sobre su espalda, recorriendo con mis dedos la línea de su columna mientras anudaba la izquierda en su cabello.

Aparté rápidamente sus labios de los míos, y luchando contra sus brazos salté hasta que volví a pisar el suelo.

Le volví a dar al botón y agarré a Robert de la mano, el cual no dejaba de mirarme con cierta mirada de incomprensión.

-No vamos a utilizar un ascensor teniendo una habitación reservada... ¿no te parece?- lo miré con una amplia sonrisa.

-Si tú lo dices...- dijo de modo resignado.

Había decidido que aquella noche pasaría. Robert había esperado suficiente tiempo sin presionarme como para hacerlo esperar más. Simplemente estaba disfrutando de los últimos minutos en los que podía jugar con él.

-Es esta...- miró primero la puerta y después a mí con una amplia sonrisa.


El número de la habitación, era el 161. Le di un fuerte abrazo, el 16 de enero había sido el día en el que nos habíamos conocido y aquella, era su forma de demostrarme que se acordaba de la fecha.

Abrió la puerta y me invitó a entrar.

La habitación, era una amplia estancia con una cama tan grande y apetecible como dormir en una nube. A los pies de la cama había una amplia pantalla de plasma y en el lado opuesto al que nos encontrábamos había unos sofás de cuero blanco situados debajo de unos grandes ventanales.

Entré sin meditarlo, y me dirigí a una puerta situada al lado de los sofás. La abrí y entré en una galería de madera. En ella, había un jacuzzi, dos sillas, una mesa de mimbre y una gran variedad de plantas. La galería, estaba invadida por un profundo calor. Me descalcé deseando desprenderme de los tacones, y toqué con los pies el acogedor suelo de parqué.

-Estoy en el cielo, pensé que no podría aguantar un segundo más en esos tacones.

-Si me lo hubieras dicho te los hubiera cambiado por los míos...-Giró los ojos y comenzó a reírse.

Corrí hacia la cama y me lance desde una cierta distancia. Robert continuaba en la entrada mirándome, finalmente cerró la puerta y se acostó a mi lado.

Me abracé a él y apoyé mi cabeza en su pecho. De reojo, podía comprobar como me miraba fijamente. Hundí mi rostro en su piel y sin previo aviso le mordí.

-Eres como una niña pequeña…

-Perdóneme don maduro, es una pena no estar a su altura…- comenzó a hacerme cosquillas. Intenté agarrar sus manos para que parase, y como no dio resultado comencé a gritar y a darle pequeños puñetazos. Finalmente, me di por vencida y me mantuve inmóvil esperando a que se cansara.

-¿Qué tal fue la noche? ¿Peor o mejor de lo que esperabas?

-Digamos que más o menos como lo esperaba. Una panda de niños ricos que se creen superiores a los demas por el mero hecho de salir en la “tele”.

-¿Superiores a quien?

-Pues superiores a mí, superiores a cualquiera como yo. Solo saben que no soy famosa, y por ello sin preocuparse por saber quien soy, me tratan como a la protagonista pobre de una telenovela.

-¿Se metieron contigo? ¿Quién?

-Que importa eso… estoy cansada de todo esto… si no fuese por ti y por mi hermana, no estaría viviendo aquí.

-¿Donde estarías?

-En España. Mi padre vive en España, es el propietario de una cadena hotelera, y bueno, antes de que mi madre y él se divorciaran nos llevábamos muy bien.

-¿Por qué cambió?

-Porque mi madre, sin explicación alguna nos llevó a Beca y a mí a África. Mi padre hizo todo lo que pudo para que esto no fuera así… pero no valió de nada. No sé si hay parte de la historia que desconozco, pero todo sucedió muy rápido, sin aviso alguno. Hace mucho que no veo a mi padre, tengo un hermanastro al que no conozco y una madre en casa a la que no soporto. Definitivamente estaría viviendo en España.

-Tienes que perdonar a tu madre…

-¿Cómo es posible que digas eso tú?

-Porque ella solo intenta protegerte, es lo que haría cualquier madre. -Me acunó entre sus brazos y permanecimos en silencio un rato.

-Venga, no hagamos de esto un drama… creo que hay un jacuzzi esperando por nosotros…

Me levanté corriendo y me dirigí a la galería. Pude ver a Robert mirándome desde la puerta mientras yo metía los dedos en el agua para comprobar la temperatura.

-¡Está perfecta!-Robert se acercó lentamente a mí y aproveché a que estaba despistado para mojarlo.

-No te voy a mojar porque no quiero estropearte el vestido…si no te ibas a enterar…-me miró con una gran sonrisa mientras yo me acercaba a él y lo agarraba por la chaqueta del traje.

-Estás mojado, creo que va a ser mejor que te quites la ropa… a no ser que quieras coger una pulmonía...- mientras decía estas palabras, me dediqué a aflojar su corbata y a desabrochar poco a poco los botones de la camisa.

Cuando la camisa estaba totalmente abierta, apoyé mis manos en su pecho mientras él se sacaba la chaqueta y la colocaba en una de las sillas de mimbre.

Me giré, quedándome de espaldas a él y le señalé mi cuello. Podría haber desabrochado el vestido yo misma, pero quería que lo hiciese él.

Apartó con delicadeza el pelo que tapaba el lazo del vestido, situó sus manos en mi cintura y sujetó el lazo entre sus dientes. Tiró del nudo hasta que estuvo deshecho y agarró mi cuerpo con fuerza contra el suyo.

Situó sus labios en mi nuca y los fue deslizando lentamente por mis hombros. Dándome pequeños besos que intercalaba con mordiscos. Me estremecí y pude notar como de un momento a otro miles de escalofríos recorrían mi cuerpo de arriba abajo

Me giré volviendo a mirar hacia él. Observé sus ojos atentamente durante varios segundos, y sin apartar la vista d ellos lo despojé de la camisa.
Llevé mis manos por puro instinto, a su cinturón y con fiereza lo desabroché. Robert llevó sus manos a mi espalda y bajó la cremallera de mi vestido. Este, se deslizó por mi cuerpo hasta que noté la fina tela en mis pies.

Robert se quitó los pantalones, mientras yo seguía observándolo. Allí estábamos los dos en ropa interior, situados uno enfrente al otro. Se acercó a mí, y comenzó a besarme. Los besos tiernos y dulces que habíamos compartido segundos atrás, habían sido sustituídos por besos frenéticos y llenos de pasión. Mordí sus labios una y otra vez hasta que perdí la noción de lo que estaba ocurriendo.

Robert, se separó unos segundos de mí y sin previo aviso, se desprendió de su ropa interior y se metió en el agua mientras yo lo miraba con ojos desorvitados.

En ese momento, me sonrojé. Me sentía insignificante allí de pie en el medio de la estancia. Sentía vergüenza al pensar en desprenderme de mi ropa interior. Sin embargo, sabía que eso tenía que pasar. Iba a ser esa noche y retrasarlo unos minutos más o quizá horas no serviría de nada.

-Tranquila, no miro...- Robert estaba observándome, había notado mi pudor y ahora dirigía una mano a sus ojos. Los tapó durante unos segundos, y posteriormente comenzó a separar los dedos para ver a través de las pequeñas ranuras.

Me acerqué a él, cogí la corbata que reposaba en el suelo y vendé sus ojos. Saqué la poca ropa que llevaba encima y me metí en el agua.

Estuve observando con una sonrisa como Robert movía los brazos en todas direcciones en busca de mi cuerpo. Me acerqué a él, me aproximé a su cuerpo, hasta que nuestros desnudos pechos entraron en contacto. Desanudé la corbata y mi corazón comenzó a latir desvocadamente cuando volví a ver sus sujerentes ojos.

-¿Recuerdas que fue lo primero que me dijiste?. Le pregunté con una sonrisa pícara.

-Hola... supongo

-Sin contar eso...

-Pues la verdad es que no lo recuerdo... dime.

-Me preguntaste si no iba a pedirte que me mordieras.

-Vale... ¿y bien?

-Que ha llegado ese momento, Robert, quiero que me muerdas, que beses mi piel, que no quedé un milímetro de mi cuerpo que tus manos no hayan tocado.- Me avergoncé al segundo después de haber dicho aquellas palabras, pero era lo que sentía. Robert era mío y quería sentirlo en cada poro de mi piel.

Agarró mis piernas con fuerza y me posicionó sobre él. En ese momento pude sentirlo dentro de mí, comencé a moverme lentamente, para incrementar el ritmo de manera incansable. Desplacé mi boca hacia su oreja y comencé a morder su lóbulo.

Sus manos, recorrían mi espalda. Mis piernas mi cara e incluso mi cabello. Las mías exploraban su ancha espalda. Recorrían su pelo y jugaban con su mandíbula.

En ese momento, llamaron a la puerta. Robert continuó besándome sin inmutarse, como si nadie hubiese llamado.

-Robert, ¿escuchaste eso?

-Sí, pero quien esté ahí fuera no lo sabe.

Volvieron a llamar a la puerta y esta vez pudimos escuchar a la persona que estaba del otro lado.

-Robert, por favor se que estás ahí, ábreme...- pude escuchar la voz de una chica entre sollozos.

Miré a Robert con incredulidad y me aparté de encima del.

-Amanda...

-¿Y esa que quiere ahora? Salí del agua ahora sin ningún pudor. Si Amanda no me había caído bien a primera vista, que nos hubiese interrumpido era algo que no le perdonaría jamás.

Me dirigí hacia el baño y cogí dos toallas. Envolví mi cuerpo en una y le llevé la otra a Robert que estaba saliendo del agua. Se la colocó al rededor de la cintura, me abrazó, y los dos juntos fuimos a abrir la puerta.

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