martes, 12 de mayo de 2009

Capítulo 15

Robert me agarró la mano ayudándome a bajar las escaleras. No me gustaba aquella sensación, aunque estaba delante de mi casa, me sentía totalmente desorientada.

-Estás muy guapa…

-¿si? Tu también…- le dije sarcásticamente. No me parecía justo estar a su lado y no poder verle. Era como ver una tarta de chocolate que te apetece sin poder darle un bocado. Tentador y frustrante. Podía haberme sacado aquel pañuelo que tapaba mis ojos, sin embargo, debía fiarme de él.

En ese momento, pude sentirlo posicionándose detrás de mí, sujetando mi mano con la suya, y colocando la otra en mi cintura. Se acercó lentamente a mi cuello y me dio un beso.

-Esto no es justo…-dije con voz de niña caprichosa

-Merecerá la pena, creeme.

Me inclinó lentamente y me hizo entrar en un coche. Sin verlo, cada una de sus caricias era percibida por mis sentidos multiplicada por infinito.

-¿A donde?

Supuse que era un taxista, Robert no dio ninguna explicación, pero el coche arrancó.

Estaba jugando sucio, no sabía si había utilizado una nota, o tal vez el lenguaje gestual, lo que estaba claro era que no había abierto la boca.

Recosté mi cabeza en su hombro, y con una de mis manos fui palpando su cara.

-¿Se puede saber que haces?

-Si soy invidente también merezco tener mis privilegios ¿no te parece?

Llegué con mis manos hasta su cuello, y sin pensarlo, comencé a besarlo. Busqué con mis labios su nuez, y al encontrarla, saqué mis dientes para morderla suavemente.

No me permitió seguir deleitándome por más tiempo, me agarró con suavidad la cara y la separó de él. Por primera vez pensé en el taxista, supongo que a Robert la situación se le hacía más embarazosa debido a que el conductor no dejaba de mirarnos por el espejo retrovisor. Seguramente fuese así, no necesitaba verlo para saberlo a ciencia cierta.

Colocó su cabeza sobre la mía y los dos permanecimos en silencio.

Respiré suavemente, y un olor dulce y maravilloso impregnó mis fosas nasales. Quizá, finalmente, llevar una venda en los ojos no era tan negativo, no impedía que la belleza de Robert me cegase impidiendo apreciar cada uno de sus encantos.

-Hueles muy bien

-Tú estás muy graciosa

Lo miré con cara de odio, pero como mis intentos no sirvieron de nada agarré uno de sus brazos y lo pellizqué.

-Ya hemos llegado.

-Aquí tiene.

Robert salió del taxi, y desde fuera agarró una de mis manos para ayudarme a salir, lo que no fue suficiente para que evitase darme un cabezazo contra el marco de la puerta.

-Au! Exclamé por el dolor.

-¿estás bien?-se acercó rápidamente y besó el lugar exacto en el que me había dado el golpe.

-¿ves lo que pasa por tus tonterías? Ahora me va a salir un chichón en la cabeza. ¡Haber que dicen después de mi en las revistas!

-¿Ya te importa lo que dicen de ti en las revistas?-comenzó a reírse mientras yo movía un pie en busca del suyo y al encontrarlo lo pisé.

-Vamos por aquí…

Robert estaba posicionado detrás de mí y con sus brazos agarraba mi cintura y me guiaba, apoyando su cabeza sobre mi hombro.

-¡Esto ya no tiene gracia! Tengo miedo a la oscuridad.

-¡Vamos, no seas cría! Tener miedo a la oscuridad, es un simple reflejo del hombre, que por naturaleza teme lo desconocido. ¿ Confías en mí?

-Tú eres un desconocido… y no me das el menor miedo…

-¿Confías en mí?-repitió nuevamente.

-Si…

-Pues entonces sabrás que el tiempo que permanezcas así habrá merecido la pena.

Se separó de mí, y me besó la frente.

-Quédate aquí un minuto, vuelvo ahora, ¡y no hagas trampas!

En cuanto se fue, dirigí mis manos a mi alrededor, intentando reconocer en que clase de lugar nos encontrábamos. Pude palpar una pared a cada lado, estaba en un pasillo, pero no logré saber nada más.

En ese momento Robert volvía a estar a mi lado, así que comencé a hacer aspavientos con mis brazos en un intento de que él se cruzara en mi trayectoria.

Sin previo aviso, y esquivando mis golpes, me agarró en el aire, colocando una de sus manos en mi espalda, y la otra en mi cintura.

Abrió con la fuerza de nuestros cuerpos una puerta, y después de andar unos metros me recostó en una cama.

-Ahora puedes sacarte la venda.

Cuando volví a recuperar la visión, allí estaba tumbada, con Robert a mi lado, en una estancia óscura, solo iluminada por un ejército de estrellas.

-Te dije que lo haría. Ahora sólo me falta decirte, que no colecciono muñecas. Y sin lugar a dudas eres especial.

Se giró sobre si mismo hasta que nuestros ojos se encontraron, colocó su mano encima de mi cintura, y deslizó su rostro hacia mí hasta que nuestros labios se encontraron y se fundieron en un profundo beso.

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