martes, 12 de mayo de 2009

Capítulo 12

-No me puedo creer que no lo estés llamando ya...

-No estoy segura de lo que se supone que tengo que hacer...

-Bueno para ayudarte a disipar tus dudas... tu haz palomitas que yo me encargaré del resto...- no sabía muy bien que pretendía pero me dirigí a la cocina y encendí el microhondas.
Cuando el pitido sonó, esparcí las palomitas en un ball y me apresuré a llegar al salón lo más rápido posible ya que mi hermana estaba gritando para que apurase.

-Y bien, ¿que vamos a ver? ¿me vas a poner una peli romanticona que me haga extrañarlo tanto que tenga que llamarlo?

-Algo asi... -dijó mientras se reía al tiempo que metía la peli en el DVD.

La historia estaba bastante bien, una chica se mudaba de lugar y tenía que ir a un instituto en el que no conocía a nadie. En cierto modo aquella chica me recordaba a mí, estaba igual de perdida que yo. Cuando la chica estaba en la cafetería del colegio, y los “Culllen” fueron entrando uno por uno no me inmuté, hasta que apareció el famoso Edward, un gritito escapó de mi garganta de forma involuntaria. Mi hermana, giró su cabeza hacia mí contemplando mi reacción.

-¡Apágalo! ¡Apágalo ahora mismo! ¡No lo quiero ver!- dije gritando de forma histérica, ver a Robert actuando era más de lo que mi corazón podía soportar, situación que no mejoró cuando Edward esbozó una sonrisa.

-No pienso apagarla! La vas a ver hasta el final, te guste o no!- la voz de mi hermana pasó de parecer divertida a convertirse en una amenaza.

-Porque tiene la cara tan blanca? Está horrible!

-¿por que es un vampiro?- me dijo en tono de burla- y tu si que estas horrible!


Continuamos viendo la película, por mucho que lo intentase no podía apartar la vista de la pantalla.

En ese momento llamaron a la puerta, me levanté corriendo para abrir y de paso no tener que soportar aquella tortura interior por más tiempo.

Un mensajero se encontraba delante de la entrada de casa, me entregó dos rosas y se marchó.

También estas venían acompañadas de una nota.

“Dos, la luna y el sol se necesitan mutuamente, igual que un corazón herido necesita otro para calmar su dolor”

Aspiré el olor de las dos rosas y me dirigí nuevamente al salón.

-No voy a decir nada...

-Pon la película y calla!- mi hermana había parado la reproducción en un intento de que no me perdiese ningún detalle.

En el momento en el que Edward besó a Bella, el alma se me calló a los pies, aunque fuese pura ficción el hecho de ver a Robert besándose con otra chica me hería de una manera que rallaba lo enfermizo.

La película estaba bastante bien, escuchaba cada palabra que salía de su boca, como si fuese la última melodía que fuese a escuchar antes de perder totalmente el oído. Sin lugar a duda me estaba emocionando con cada palabra y cada gesto, así que al escucharlo cantar, al igual que había susurrado solo una semana antes a mi oído no pude más, me desplomé y comencé a llorar.
-Sabes que eres cruel?- le dije a mi hermana entre sollozos.

-Sí, ya me lo agradecerás.




La semana siguiente pasó entre risas y lágrimas, al tercer día, ya había visto la película 10 veces, sin conseguir acabar de verla una sola vez sin llorar.

Mi habitación parecía una floristería. Periódicamente, una vez a la mañana y una vez a la noche, el mensajero llegaba trayendo con el rosas que incrementaban proporcionalmente.

No sé si la parte del día en la que las rosas llegaban, era pura coincidencia, pero para mí era su manera de desearme los buenos días y las buenas noches.

Tenía un montón de notas metidas en el cajón, que releía varias veces al día una y otra vez.

“Tres, son los segundos en los que tardaste en sorprenderme”

“Cuatro, son las estaciones del año que quiero pasar junto a ti”

“Siete, si tuviese siete vidas como los gatos, en cada una de ellas te encontraría”

“Doce, son los besos que te daría al son del reloj en fin de año”


Estaba leyendo las notas cuando escuche algo golpear contra mi ventana. Me asomé para ver que era lo que había colisionado contra el cristal, y allí estaba él, tirando piedras en un intento de atraer mi atención.

Abrí la ventana sin pensarlo un segundo.

-Vale que tú seas rico, pero si me rompes la ventana me la pagas- le dije mirándolo y sonriendo- de pequeño no te enseñaron que las casas tienen puertas?

-Si, pero siempre quise hacer esto, y en las películas queda muy romántico.

-Pues tu que eres actor deberías saber que no todo es como en la gran pantalla.


Cerré la ventana, y antes de que me diese tiempo a mover el cuerpo un solo milímetro, el timbre sonó al mismo tiempo que cada centímetro de mi cuerpo se iba helando.

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